Esta pandemia nos ha traído retos hasta ahora no asumidos. Implanteables. Uno de ellos, ver de cerca a la muerte. Ha habido un sunami de muertos provocados por el maldito virus. Mis vecinos de la playa, madrileños para más señas, me contaban cómo habían vivido el confinamiento viendo salir de la morgue los coches de la funeraria. Esa realidad con guion de ciencia ficción provocaba una visión apocalíptica. Desde la lejanía del levante, el temor del virus aparecía encarnado con los GEO fumigando las residencias geriátricas. Guantes, mascarillas, escaseando y las calles desérticas. Silencio. El silencio del miedo y de la muerte acechando en el ambiente.

Y la muerte cebándose con los más mayores. La muerte no sólo es el fin de la existencia. Es un evento trascendente que pone de relieve la vida para ensalzarla y revisarla. En el acompañamiento en este proceso nos sentimos obligados en promover un cambio de atención comunitaria que permita la integración de los sistemas sanitario, social y comunitario.

 En la muerte clínica se pasa del latir al no latir. La muerte tiene una dimensión social se pasa del ser relevante a no ser. Pero ningún individuo se merece no ser. Porque ha sido, porque ha vivido y ha trascendido con sus acciones. Las personas con más edad, sólo por el hecho de haber vivido más tiempo, han generado relaciones, ha contribuido a un espacio, en un tiempo y en esas coordenadas ha creado sociedad. Han surcado un tiempo pretérito que ha configurado, desde su intrahistoria, la historia común. Se merecen, solo por eso, toda nuestra atención centrada en ellos y en ellas. Como protagonistas de una vida. La sociedad y sus instituciones deben generar estructuras sólidas, redes que garanticen los cuidados en el último tramo de la vida. Porque cuidando y acompañando mostramos la gratitud justa que revierte en reconocimiento vital.

A través del dolor, la incontinencia, las arrugas y las llagas reconocemos y nos encontramos con unos ojos que han visto, vivido y sufrido una guerra, una transición, tiempos convulsos y tiempos de cambio, tiempos de lavar en el río y de segar en el campo… tiempos de desarrollismo y tiempos de cambios tecnológicos. Crisis de las que se volvieron resilentes sin saberlo para llegar a un tiempo vírico e impúdico que les ha dejado aislados, confinados y descolocados por una pandemia del distanciamiento social. Y es en este momento cuando los aplausos se “abalconaron”. Nuestro llamamiento es que la dimensión comunitaria del reconocimiento social al sector sanitario se transforme en políticas de cuidados y corresponsabilidades que pongan el foco en los tiempos de calidad y de atención centrados en las personas.